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Había escrito 17 capítulos. Volví al principio.

Había escrito diecisiete capítulos de una novela juvenil para mis hijos.

Lo normal habría sido escribir el dieciocho.

Y podía hacerlo.

Ese era precisamente el problema.

Podía seguir produciendo páginas. La trama avanzaba. Los personajes hacían cosas. El mundo seguía creciendo. Nada estaba tan roto como para obligarme a detenerme.

Pero cada vez estaba menos convencido de estar escribiendo la novela que quería escribir.

Empecé a notarlo durante las lecturas con mis hijos.

No hubo una frase reveladora ni uno de esos momentos en los que alguien deja el libro sobre la mesa y pronuncia una sentencia que cambia tu vida.

Era una sensación.

En algunos tramos la novela había adquirido una voz demasiado adulta. En otros ocurría justo lo contrario y parecía empeñada en recordar constantemente que estaba escrita para lectores jóvenes.

Y entre ambos extremos había empezado a desaparecer algo que estaba en el origen de todo.

La aventura.

La cercanía.

Las ganas de saber qué ocurría después.

Durante un tiempo me dije que ya lo arreglaría en la revisión.

Es una idea extraordinariamente cómoda cuando llevas diecisiete capítulos.

Sigues avanzando, acumulas páginas y puedes continuar diciéndote que estás progresando.

Hasta que empiezas a sospechar que avanzar y progresar no son exactamente lo mismo.

Diecisiete capítulos pesan

Volver al principio no me produjo ninguna iluminación mística.

Me fastidió.

Había mucho tiempo allí dentro.

Horas escribiendo, pensando, investigando, estructurando, cambiando escenas y tratando de conseguir que unas piezas encajaran con otras.

Y había otra cosa que me molestaba todavía más: todo lo que podría haber hecho durante esas horas.

Ese es el lado menos romántico de reescribir.

Está el trabajo que ya has invertido.

Y está el trabajo que has dejado de hacer mientras invertías ese tiempo.

Cuando llevas suficiente camino recorrido aparece una tentación muy humana: continuar simplemente porque ya has llegado hasta allí.

El capítulo diecisiete se convierte en un argumento para escribir el dieciocho.

El dieciocho justificará el diecinueve.

Y así puedes terminar una novela entera para evitar admitir que deberías haber vuelto atrás muchos capítulos antes.

No quería hacer eso.

Así que volví al principio.

No estoy tirando diecisiete capítulos

Hay mucho de aquella versión que quiero conservar.

La tensión.

El misterio.

Personajes que ya siento vivos.

Lugares que me gusta recorrer.

Descripciones que siguen llevándome exactamente al sitio al que quería llegar.

Reescribir no consiste necesariamente en prenderle fuego al manuscrito anterior y bailar alrededor de las cenizas.

A veces consiste en descubrir qué merece sobrevivir.

La historia seguía teniendo algo que me importaba.

Lo que no funcionaba era la forma desde la que la estaba contando.

Y cambiar eso significa que muchas piezas que parecían terminadas dejan de estarlo.

Algunas volverán prácticamente iguales.

Otras cambiarán.

Algunas probablemente desaparecerán.

Todavía no sé cuáles.

Hay una diferencia entre perseverar y avanzar por inercia

Esta es probablemente la parte que más me cuesta.

Soy bastante metódico escribiendo. Planifico, hago esquemas, construyo escenas y trato de descomponer los problemas grandes en piezas más pequeñas.

Ese método me ayuda a terminar cosas.

También puede convertirse en una trampa.

Porque un sistema bien construido es perfectamente capaz de ayudarte a llegar con enorme eficiencia al sitio equivocado.

En algún momento tienes que volver a mirar la historia completa y preguntarte si todo ese movimiento te está acercando a lo que querías construir.

En mi caso, la respuesta empezó a ser no.

Así que decidí aceptar el coste.

No estoy especialmente contento por haber empleado tanto tiempo en una versión que ahora estoy reconstruyendo.

Fingirlo sería hacer trampa.

Pero estoy ilusionado con lo que se ha abierto delante.

Porque ahora entiendo mejor qué estaba buscando.

La medida ha cambiado

Antes era relativamente sencillo medir el avance.

Un capítulo más.

Otra escena terminada.

Más páginas.

Ahora la medida es bastante menos cómoda.

Quiero sentarme con mis hijos, leerles lo que estoy construyendo y sentir que esa historia merece la ilusión de ser escuchada.

Quiero recuperar la aventura.

Quiero una voz cercana sin hablarle al lector como si fuera más pequeño de lo que es.

Quiero profundidad sin colocar una pared entre la historia y quien está entrando en ella.

No sé todavía si lo he conseguido.

Eso también forma parte de esta historia.

Estoy empezando otra vez.

No desde cero.

Desde diecisiete capítulos de aprendizaje.

Y sospecho que, a veces, escribir consiste precisamente en eso: saber distinguir cuándo toca insistir y cuándo toca tener el valor suficiente para volver al principio.

El estado actual de esta reescritura está en Escribiendo ahora.

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Y si alguna vez has tenido que desmontar algo en lo que ya habías invertido demasiado tiempo, podemos hablar.

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