01 / NOVELA HISTÓRICA

Bajo el hábito, la espada

Novela histórica · identidad, lealtad y poder

Un nombre prestado. Una libertad en juego.

Una mujer que escapó de un convento y vive como alférez en los tercios de Flandes debe proteger a sus hombres mientras un fraile amenaza con descubrir la identidad que le ha permitido ser libre.

Portada de Bajo el hábito, la espada

02 / LA HISTORIA

La historia

En los tercios de Flandes, el alférez Oyarzun ha aprendido a sobrevivir con la espada y a proteger un secreto: antes de vestir como soldado, huyó de un convento. Cerca de Breda, una misión de reconocimiento la obliga a combatir bajo la mirada de un fraile que parece saber demasiado. Mientras intenta mantener a salvo a sus hombres, el pasado amenaza con alcanzarla. Entre el barro, la fe y la lealtad, tendrá que defender algo más que su vida: la libertad de elegir quién puede ser en un mundo que ya le había reservado otro lugar.

Flandes · Siglo XVII

03 / LA PREGUNTA

¿Qué precio estás dispuesto a pagar por ser quien eres cuando el mundo ya ha decidido quién deberías ser?

Para Oyarzun, la libertad no termina al cruzar los muros del convento. Hay que sostenerla ante la mirada ajena, las órdenes recibidas y la propia conciencia. Y cuando otros hombres dependen de sus decisiones, proteger el secreto ya no es el único deber. La lealtad a quienes la acompañan pone a prueba el lugar que ha conseguido y aquello que está dispuesta a hacer para conservarlo.

04 / EL MUNDO

Un lugar en el mundo.

Flandes

Cerca de Breda, el campamento de los tercios amanece entre barro, frío y pólvora húmeda. Una misión de reconocimiento obliga a dejar atrás la precaria seguridad de las tiendas.

El alférez Oyarzun

Ha aprendido a mandar, a combatir y a sostener un nombre bajo el que puede vivir. Pero la libertad conquistada depende también de lo que los demás no ven.

Fray Valcárcel

El fraile acompaña a los soldados con una atención que incomoda. Sus preguntas acercan al presente un pasado que Oyarzun necesita mantener a distancia.

EL ORIGEN HISTÓRICO

Ficción inspirada libremente en la figura de Catalina de Erauso, la Monja Alférez.

05 / IMÁGENES QUE TAMBIÉN NARRAN

Antes de las palabras, una imagen.

Seis escenas del imaginario de la novela.

05A / BOOKTRAILER

Antes de abrir el libro.

Una forma de entrar en su atmósfera antes de leer.

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06 / ABRIR EL LIBRO

Primeras páginas

Fragmento de lectura · Bajo el hábito, la espada

No siempre llevé hábito.

O quizá nunca me lo quité del todo.

Lo digo aquí, en esta celda fría donde las piedras rezan mejor que las mujeres, con esta lana áspera rozándome las cicatrices bajo la tela. Hay un crucifijo torcido en la pared, una jofaina con agua turbia y un ventanuco alto donde la luz entra a regañadientes, como soldado castigado a limpio de cocina. Buen sitio para recordar. Peor sitio para mentir.

Porque mentir, lo que se dice mentir, llevo haciéndolo toda la vida.

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Nací en casa de rosarios y cilicios, de beatas que olían a alcanfor y de curas que olían a vino peleón. Mi padre, hombre recio de Guipúzcoa, tenía más fe en la almádena que en los santos; pero mi madre rezaba por los dos, y por mí de propina. De niña me enseñaron a bajar la vista, a andar con los pies juntos y las manos recogidas. Yo, entretanto, escuchaba desde la puerta a los hombres que volvían de la mar, o de la guerra, y aprendía que el mundo era más grande que los muros del catecismo.

Me metieron en un convento a esas edad en la que una aún no sabe si es más pecado desear o respirar. Las monjas decían que era voluntad de Dios; mi madre, que era lo mejor para mi alma; mi padre, que así se ahorraba una dote. Todos tenían razón a su modo, ya sabe usted cómo son estas cosas. Yo, mientras barría claustros, bordaba corporales y cantaba maitines, miraba por las celosías el trozo de cielo que nos dejaban y pensaba que, si eso era el mundo, el mundo era demasiado pequeño para tanta hambre.

Al principio profesaba todo aquello. Créame quien esto lee: recé con fervor, me azoté la espalda en Cuaresma, besé el suelo del coro cuando lo mandaban. Hubo noches en que lloré de miedo al infierno y otras en que lloré de rabia porque el infierno me parecía menos estrecho que aquel convento. Luego empezaron a llegar rumores de soldados de paso sobre navíos rumbo a las Indias, hombres que se jugaban la vida y la hacienda a una carta de hierro. Y una madrugada supe que Dios no me había hecho para rezar por los que peleaban, sino para pelear por mí misma.

La noche de la fuga aún la sueño a veces, cuando las campanas del convento cercano me revuelven aquí, vieja como soy, y me devuelven aquel olor a cera gastada y a miedo. El hábito en el suelo, como una piel muerta. El chirrido de las tijeras al cortar el pelo, mechón tras mechón, hasta que el espejo devolvió un rostro que ya no era de muchacha ni de monja, sino de algo en medio, dispuesto a fingir ser hombre si el mundo lo exigía. Una soga por cinturón, una camisa usada de un criado, unos calzones de lana robados al lavadero. Y, sobre todo, el frío peso de la espada por primera vez en la mano, más sincera que todos los sermones que había escuchado.

Luego vinieron las Indias.

No me detendré mucho en ello, que no es esta historia de selvas y galeones, aunque los fantasmas de América aún me visiten al caer la tarde. Baste decir que crucé la mar encajada entre sacos de harina, con nombre falso y la voz más grave de la que Dios me dio, y que desembarqué donde el aire olía a salitre y a fruta podrida. Vi ciudades levantadas a fuerza de látigo, iglesias doradas como las custodias que bordábamos en el convento, pero asentadas sobre barro de sangre india y sudor de negros. Caminé en columnas de polvo por caminos interminables; vi selvas que parecían tragarse a los hombres sin siquiera eructar, ríos tan anchos que a una le entraban dudas de si Dios los había puesto ahí o se le habían derramado por descuido.

Aprendí a cargar arcabuces, a vendar heridas que olían a muerte, a temer más al vómito negro que a los cañones franceses. Vi quemar chozas con gente dentro y vi a predicadores hablar de caridad con las manos manchadas hasta los codos. Y, entre todo aquello, me hice a un oficio que no venía en las reglas de Santa Teresa: el oficio de matar para seguir viviendo.

Podría hablar de nombres y de plazas, de capitanes valientes y de otros que lo parecían solo de cintura para arriba. Podría hablar de un mestizo que me salvó de una emboscada en la espesura y murió tres días después de fiebre, delirando que los santos tenían cara de jaguar. Pero no acaban nunca estos cuentos y el mío tiene prisa. Digamos que allí se templó por primera vez la hoja que yo era y que, lo que volvió de América a España, ya no era una novicia que había huido de su celda, sino otra cosa. Un soldado. O lo bastante parecido para engañar a la mayoría.

Flandes, que fue para muchos españoles de mi tiempo lo que el purgatorio para las almas, me recibió frío, lleno de barro, hambre, pagas atrasadas, vino agrio y pólvora húmeda.

Allí, entre aquellos tercios viejos, con las banderas hechas harapos y los morriones abollados, dejé atrás el último resto de nombre de pila que me quedaba. Para todos —o casi todos— fui desde entonces el Alférez Oyarzun: vizcaíno de pocas palabras, mano segura con la espada y más devoción por la bota de vino que por los santos del calendario. Tenía la voz lo bastante ronca, las manos lo bastante curtidas y la mirada lo bastante vieja para que nadie se hiciera demasiadas preguntas. Y en los tercios, cuando uno cumple, nadie gasta mucha saliva en indagar más allá.

Pocos supieron quién era en realidad bajo el jubón, las vendas y el juramento de bandera. Alguno sospechó tal vez, ya se lo contará esta vieja más adelante. Alguno miró de más, o escuchó como no debía. Pero la guerra tiene la delicadeza de no dejar mucho tiempo para escarbar en secretos ajenos.

Durante años creí que aquel engaño mío estaba tan firmemente asentado como los cimientos de las fortalezas que cercábamos. Había sangre suficiente sobre mi espada, barro suficiente en mis botas y humo de pólvora bastante en mis pulmones para que, si Dios llevaba las cuentas, no se entretuviera en mirar qué había o dejaba de haber bajo mi camisa.

Pero me equivocaba.

Porque hubo un día —un amanecer frío cerca de Breda, con la niebla colándose entre las tiendas como un ladrón viejo— en que todo eso estuvo a punto de venirse abajo. Un solo día, un lance de guerra como tantos, bastó para que mi secreto se tambalease, acechado por los ojos de un fraile con demasiado celo y por la honradez cansada de un enemigo.

De ese día quiero hablar ahora, mientras aún puedo recordar con cierta claridad cuáles fueron las palabras, los golpes y las miradas. Antes de que la muerte —que no entiende de hábitos ni de grados militares— venga y decida por su mano si al final fui lo que parecía, lo que fingí ser… o algo muy distinto entre ambas cosas.

2

Amanecía aquella mañana de Breda con el mismo desconsuelo de todas las mañanas de Flandes. Amanecía cubierta por un frío de perro y el cielo sucio como si el de arriba hubiera dormido torcido.

El campamento despertaba a regañadientes. Primero una tos aquí, otra allá, reseca, con ese carraspeo de hombres que llevan demasiados inviernos respirando pólvora húmeda. Luego algún reniego mal apagado en flamenco o en castellano, el culatazo de un arcabuz mal apoyado, el rebuzno de una mula que se sentía tan desgraciada como todos nosotros. Entre tienda y tienda se alzaba el vaho de los cuerpos y de los pucheros, mezclado con el rancio olor del cuero mojado y de las mantas que nunca terminaban de secarse del todo.

El maldito barro era un animal con vida propia. Entraba en las botas, se pegaba a los borceguíes, se encariñaba con las medias hasta hacerlas una sola pieza de miseria. Había charcos donde flotaban colillas de cuerda de arcabuz, raspas de arenque, una herradura perdida, alguna rata muerta hinchándose despacio. Y por entre todo aquello cruzaban hombres envueltos en capas pardas, morriones calados, camisas de lino que fueron blancas, los más con la barba crecida y los ojos viejos. Alguno soltaba una blasfemia al pisar en falso, otro se santiguaba por costumbre, sin saber muy bien si pedía misericordia o un trago más espeso de vino.

07 / LEER EL LIBRO

La historia continúa en el libro.

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08 / OTROS MUNDOS

Otros mundos. Preguntas que permanecen.