01 / CIENCIA FICCIÓN

El Último Refugio

Ciencia ficción postapocalíptica · culpa, confianza y libertad

El mundo que ayudó a perder. Las personas que aún puede cuidar.

Samuel Kane formó parte del origen del desastre.

Ahora avanza con Elara y Grimm hacia una instalación que podría ofrecer una salida, mientras una amenaza capaz de alterar sistemas, juicio y percepción convierte cada decisión en una prueba.

Portada de El Último Refugio

02 / LA HISTORIA

La historia

El mundo ha quedado reducido a polvo, ruinas y comunidades que apenas resisten. Samuel Kane busca una instalación subterránea que podría contener una posibilidad real de reparación. Con él viajan Elara, que todavía encuentra motivos para confiar, y Grimm, acostumbrado a mantener con vida al grupo incluso cuando ya no quedan certezas. Pero la amenaza que los persigue no actúa solo sobre el entorno: también se introduce en la percepción, la culpa y las decisiones.

03 / PERSONAS

Tres formas de seguir adelante

Retrato ilustrado de Samuel.

Samuel

Sabe demasiado sobre aquello que destruyó el mundo. Lo difícil ya no es recordar su responsabilidad, sino decidir qué hacer con ella.

Retrato ilustrado de Elara.

Elara

Repara, interpreta, conecta señales. Cuando todo invita a desconfiar, ella insiste en que seguir adelante también es una forma de cuidar.

Retrato ilustrado de Grimm.

Grimm

Pragmático, duro y necesario. Sabe que sobrevivir exige decisiones incómodas, incluso cuando nadie quiere pronunciarlas en voz alta.

04 / EL MUNDO

Antes de las palabras, una imagen.

Cinco escenas para acercarte al mundo de la novela.

04A / BOOKTRAILER

Antes de abrir el libro.

Una forma de entrar en su atmósfera antes de leer.

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Un fragmento de El Último Refugio

Entrar por la voz

La oscuridad arropaba el campamento con una manta pesada, silenciando incluso los habituales murmullos del viento. Solo el tenue resplandor de las brasas lanzaba sombras alargadas sobre las paredes del refugio. Samuel se calentaba junto al fuego, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos fijos en las últimas chispas.

La opresiva soledad del momento acompañaba al paisaje. La oscuridad tenía algo que conseguía desenterrar los pensamientos de Samuel. Pensamientos que lo mantenían despierto, robándole el descanso que tanto necesitaba.

A lo lejos, pudo escuchar el crujido suave de pasos. Elara se acercó despacio y se sentó a su lado, sin decir una palabra. La cercanía lo reconfortó, una pausa silenciosa antes de la inevitable conversación.

Durante unos instantes, ambos permanecieron en silencio, escuchando el ritmo constante de su propia respiración, sintiendo la energía colgada en el aire entre ellos. La noche, vacía y fría, amplificaba cada sensación.

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Elara tomó aire, cogió impulso antes de arrepentirse.

—No podemos seguir así, Samuel —susurró.

De alguna manera, esperaba esas palabras. No se andaba con rodeos.

—Lo sé —respondió Samuel, resignado, bajando la cabeza.

Elara lo miró. Su expresión, iluminada solo por el reflejo del fuego moribundo, brillaba con una mezcla de compasión y frustración.

—No hablo solo de lo que pasa ahí fuera. Hablo de ti, de nosotros —hizo una pausa, intentando encontrar las palabras exactas para describir lo que sentía—. Te estás alejando. Te estás aislando y eso no es lo que necesitamos ahora.

Samuel dejó escapar un largo suspiro, contenido durante días, tal vez semanas. Tenía razón. Evitaba las confrontaciones centrando toda su atención en la supervivencia, en los detalles tácticos de cada día. Evitando pensar demasiado en lo que significaba todo esto.

—No es tan simple, Elara —dijo, arrastrado por la fatiga—. No puedo permitirme el lujo de... de sentir, no ahora. No cuando el destino de todos está en juego. Que no se te olvide que somos una avanzadilla. Cientos de personas allí, en las zonas libres, están muriendo día tras día. Dependen de nosotros.

Ella negó con la cabeza, con una sonrisa triste que apenas alcanzó sus labios.

—Ese es el problema. Crees que tienes que cargar con todo. Crees que eres el único que puede hacer algo al respecto, pero no eres el único que está luchando aquí. Todos estamos intentando sobrevivir, no solo tú.

La pausa se alargó esta vez. Samuel miró sus manos, resecas, agrietadas, cubiertas de polvo.

—No entiendes lo que hice —dijo con un hilo de voz, casi inaudible—. No es fácil para mí... No puedo seguir adelante como si nada.

El brillo fugaz de las estrellas a través de una rendija en la lona del campamento dibujó figuras en su rostro.

—Lo que hiciste... —dijo Elara—. Es cierto. No entiendo todo lo que hiciste, solo lo que me has contado, pero lo que hiciste no puede deshacerse. Lo sé. Y sé que vives con esa culpa todos los días. También sé que no puedes permitir que eso te consuma, porque si lo haces, entonces todos los sacrificios, todo lo que hemos perdido, será en vano. Y no estoy dispuesta a aceptar eso.

Las palabras cayeron sobre Samuel. La culpa que sentía levantaba una barrera que avanzaba devorándolo todo desde dentro. La idea de soltarla, de dejarla ir, se volvía casi inimaginable.

Libraba una batalla interna. Elara lo percibió y acercó su mano poco a poco, rozando la de Samuel. El contacto fue suave, casi imperceptible, pero suficiente para recordarle que permanecía a su lado.

—No tienes que hacerlo solo —susurró—. Nadie espera que lo hagas.

Por un momento, Samuel dejó que su mano descansara sobre la de Elara, sintiendo el calor de su piel contra la suya. Una pequeña conexión en medio de la oscuridad infinita que los rodeaba.

El silencio regresó. Un silencio cómodo, compartido, una tregua temporal de las preocupaciones. Samuel cerró los ojos, permitiéndose un breve respiro, una pausa antes de que las responsabilidades volvieran a caer sobre él.

Elara bajó la mirada por un instante, trazando círculos en la arena con la punta de los dedos, haciendo pequeños agujeros, tratando de encontrar respuestas en el polvo.

—Encontraremos el Último Refugio. No porque sea fácil, ni porque esté segura de que lo encontraremos. Necesito… Necesito creer en algo. Necesito aferrarme a la idea de que hay algo más allá de esta lucha diaria.

Samuel abrió los ojos y miró el cielo a través de la lona del refugio. Las estrellas parpadeaban con debilidad detrás de la bruma, demasiado distantes para ofrecer algún consuelo real. Sin embargo, brillaban, constantes en su lejanía, haciendo presente que el universo seguía existiendo, a pesar de todo.

—Eres más fuerte de lo que crees —dijo Samuel con suavidad—. No sé cómo logras mantener esa esperanza.

Elara sonrió con melancolía.

—Supongo que todos estamos sobreviviendo a nuestra manera —su voz se apagó un poco y bajó la mirada.

Samuel se quedó mirando el fuego durante varios minutos, dejando que las palabras de Elara se filtraran en su mente. Algo en su forma de ver las cosas lo desconcertaba. Él se consumía por la culpa y la responsabilidad. En cambio, ella encontraba una razón para seguir adelante.

Se levantó, sacudiéndose el polvo de la ropa. La fría noche y las primeras ráfagas de viento empezaban a sacudir las lonas del refugio. No tenía respuestas fáciles, pero al menos encontró un pequeño consuelo en el hecho de no sentirse en completa soledad en esta travesía.

Elara lo observó levantarse, pero no lo siguió. Sabía que Samuel necesitaba tiempo para procesar lo hablado. Esa lucha interna entre el deber y la culpa. Aunque no siempre sabía ayudarlo, seguía intentándolo. Porque, en el fondo, también necesitaba que él creyera en algo, en cualquier cosa, para que ella misma pudiera mantener su propia fe.

Samuel caminó unos pasos hacia la salida del refugio, deteniéndose justo antes de cruzar el umbral. Apretó los puños, sintiendo la rugosidad del polvo acumulado en su piel. Respiraba despacio, con profundidad. Durante un instante, su mente se perdió en la inmensidad oscura del exterior antes de girarse hacia Elara.

—Gracias —dijo en voz baja.

Elara levantó la vista y le sonrió, un gesto simple, pero profundo.

—Para eso estoy aquí.

Avanzaba atravesando las pequeñas nubes de polvo que se arremolinaban a su alrededor y la mordida del frío en su piel a través de la ropa gastada. Cada paso lo alejaba de las profundas sombras de su mente y lo acercaba, aunque de forma mínima, a la posibilidad de algo grande. Un refugio, una salvación, una redención, lo que fuera. Tal vez no importaba tanto lo que encontraran al final del camino, sino el hecho de que aún estaban dispuestos a buscarlo.

06 / LA PREGUNTA

¿Cómo responder por el daño que has causado sin dejar que la culpa decida por ti?

En El Último Refugio, la supervivencia no depende solo del mundo exterior. También depende de cuánto peso puede soportar una conciencia antes de quedarse inmóvil, y de si todavía es posible confiar en otros cuando seguir adelante ya parece una forma de riesgo.

07 / LEER EL LIBRO

La historia continúa en el libro.

Si quieres seguir el viaje completo de Samuel, Elara y Grimm, aquí empieza el camino.

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08 / OTROS MUNDOS

Otros mundos. Preguntas que permanecen.